domingo, mayo 1

Niñas, he aquí, yo. Bones.


Es imposible no recordar con nostalgia cuando hace más de cinco años,  entraba lenta y sumisamente a este mundo. Al mundo de Ana. Al mundo de sufrir por solo existir.  No confundir, no es que me arrepienta.  Esa época en que nadie me tomaba en serio, en que nadie se ponía en mi pellejo, solo fue transitoria. Luego, la vida comenzó a fluir.
Esta etapa, fue lejos la más horrible. Nadie era capaz de descifrar qué era lo que yo veía detrás del espejo. Así fue por lo menos por tres años. Fueron duros.  Llenos de tips, de probar esto o aquello.  Pasar desde la tristeza extrema  a poder vivir como adulta, fue una de las partes más duras. Me tuve que poner los pantalones, y elegir qué quería para el futuro, a pesar de que jamás desee tener uno. Tuve que dejar de cortarme, porque para trabajar no podía – no puedo- andar mostrando marcas al azar. Tuve que aprender a definir los límites -en todo ámbito- para así poder conservar limpios los anhelos  de lo que sería – será- mi vida.
No crean que este blog solo será sobre reflexiones personales, sinceramente eso es lo más fome que existe, pero aun así es necesario conocer la historia de quién escribe para poder discernir las informaciones. No todo lo que anda en internet es real. No todos los tips pro-ana son reales, ojo.
Una vez, ya estando consagrada entre comillas, me incluyeron en un grupo de Whatsapp. Cuento corto: puras niñitas  jugando a no comer. Eso no es ser Ana, ojo. Solo vomitar no es ser Mía, ojo.  El chiste, es que eso mismo les dije. Y me eliminaron del grupo.  Me quedó rondando eso en la mente, en mis tiempos aun no existían todas estas tecnologías. La única forma de comunicación entre princesas era Blogspot, lo que a mí parecer, jamás debió haber cambiado.
Siguiendo con el relato, al segundo o quizá tercer año, mis padres se enteraron de que tenía un par de mejores amigas no aceptadas por la sociedad  y todo fue un drama. Aun recuerdo ese 28 de noviembre con tristeza.  Pasé todo un año entre tires y aflojes, nos cambiamos de casa y el baño no era apto para ser Mía. Ya tenía una edad suficiente para salir, y entre los bajones de la marihuana y el alcohol en desproporciones que auspiciaba  la noche serenense, tampoco se podía ser Ana. Fue un año en que solo intenté restringir los excesos, sin pensar en trastornos, solo en no transformarme en un monstruo grotesco.
El chiste, es que a finales de ese año, comencé a trabajar en una cadena de comida rápida. El almuerzo por supuesto, era cualquier combo con bebida pequeña. Podía elegir  papas fritas o helado, no ambos. Y bueno, según yo idiota no soy, así que dejé de comer durante las ocho horas que duraba el turno. Y eso me volvió a encantar. Necesitaba una opción viable, así que me hice vegana – y para seguir el show y tener más tiempos libres, también ambientalista- eso funcionó mejor de lo que esperaba. Los cuatro o cinco kilos que había subido en esa estadía neutra, se fueron muy eficientemente.
Pasó el tiempo, jamás recuperé el peso que logré en la época de oro, pero no me quejaba. Aprendí a vivir ambivalentemente, comiendo lo suficiente para que nadie notara nada, pero aun así bajando lenta y rigurosamente de peso, logrando el objetivo de pasar desapercibida.  Luego, me fui de la casa.
Me cambié de ciudad, dejé a mis padres a cientos de kilómetros de distancia y me fui a vivir sola. Lejos de lo que podrían imaginarse, el cambio no fue fácil. No fue fácil tomar las riendas de mi vida. Carreteaba, salía, iba a fiestas seis de los siete días que dura una semana. Comía de noche, asados, pasteles, donas, alcohol, mucho, demasiado. El retroceso duró cerca de cuatro meses, en los que nada importaba. Un día, no vi mis omóplatos, y me vi obligada a tomar cartas en el asunto.
Hice muchas cosas que después tendré el placer de contarles, hice la famosa dieta del Sirope de Savia, que sirvió para desintoxicar el cuerpo y poder partir de cero, un sinfín de dietas y distintos deportes también. Me quedé con Alisa.
Alisa me permitió disfrutar de mis dos pasiones: bajar de peso, y cocinar. Me permitió tener una vida social, en la que puedes disfrutar y no morirte de hambre. Alisa hizo que mi cuerpo tomara cierta armonía, una cosa estética que significa estar sano. Si con Ana casi perdí un año de colegio, con Alisa soy capaz de disfrutar cada día de Universidad. Disfrutar es algo que no se veía cercano. Poder hacerme una visión del futuro fue impagable en su momento.  Fue un cambio, fue tomar las riendas de mi vida y elegir – entre muchas opciones- cual me parecía mejor. En alisa encontré una compañera, alguien que no juzga como Ana, y que no es pusilánime como Mía – aunque sinceramente las invoco a diario, solo que ya bajaron del podio-.  Ahora, a la fecha, voy en mi segundo año de carrera, estudio para ser periodista, y no, no me quejo.

Pronto los mil y un tips que he aprendido a lo largo de este gran GRAN camino <3
Así como la heroina; https://www.youtube.com/watch?v=QYEC4TZsy-Y

3 comentarios:

  1. Estaré esperando esos tips!!

    Un beso!!

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  2. que linda historia... el equilibrio y la perfección.

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